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Por Laura Castellanos Carbonell[1]

¿Cuál es mi identidad?, ¿cómo debo definirme? Estas preguntas son abrumadoras para quienes no tenemos claridad sobre dónde ubicarnos o sobre cuál es nuestro lugar de enunciación. Recuerdo que cuando era una niña me atribuyeron una identidad: mujer, blanca, delgada, alta, cuerpo de modelo, rubia y femenina. Generalmente este es el arquetipo de mujer que cumple con los estándares sociales que definen el ideal de mujer, de modo que crecí con esta idea y me desenvolví en la sociedad con este privilegio del que, se supone, debía sentirme orgullosa porque de haber nacido negra (como mi papá) y no blanca (como mi mamá) me hubiera tocado cargar durante toda mi vida con la cruz del dolor que genera el racismo y sufrir diferentes opresiones. 

 No obstante, en mi corazón bullía una necesidad que reflejaba una carencia: aquella otra mitad que me fue negada, una mitad encubierta por un silenciamiento absorbente. Esa mitad es aquello que no se debía nombrar porque representaba la mancha de la pureza racial, era lo que ensombrecía mi blancura. Esa otra mitad son mis raíces negras. Pero hablar de nuestras raíces negras le incomoda y hasta les molesta a muchas personas porque es preferible mantener la posición de privilegio a reconocer que existen lazos que nos unen a una raza marginalizada históricamente. Así que en varias de las ocasiones que he reconocido mis raíces negras, la mayoría de las personas han manifestado un profundo rechazo y me recuerdan la palidez de mi piel, lo que genera que se me desplieguen varias preguntas ante la imposición del color de piel como determinante de nuestra identidad, como herramienta clasificatoria y divisoria de los grupos sociales. Entonces, me pregunto: ¿acaso somos solamente un color de piel?, los acontecimientos históricos desvelan que el color de la piel determina nuestro lugar en la jerarquía social, define nuestro lugar en la sociedad, la forma en la que nos perciben y definen, el trato que merecemos, establece el grupo social al que pertenecemos, pero también construye identidades que han sido moldeadas por las diferencias. 

De manera que socialmente el color de la piel es clave en la construcción de la identidad y un determinante del modo en que somos percibidas por otras personas, pero considero que somos más que un color de piel. Somos un conglomerado de experiencias, perspectivas, acontecimientos, creencias, culturas, costumbres, entre otros aspectos que nos constituyen y con los que nos identificamos. Lo problemático de todo esto es que persiste el ahínco social en ver y definir a las otras personas como un color de piel, siendo esto una herencia colonial que determinó un modo de percibir, clasificar y definir a las personas de acuerdo a sus rasgos fenotípicos, imponiendo las diferencias como un aspecto divisorio.    

Pero es abrumador no encontrar un lugar de enunciación en medio de la convergencia de esas diferencias (raza blanca y negra) y en la apariencia fenotípica que desdibuja una parte de esa convergencia (lo negro). Desde mi experiencia, la definición de mi color de piel blanca/amarilla ha implicado la negación de mis raíces negras, tampoco es que pretenda definirme como negra (sería una desfachatez) porque simplemente mi color de piel no es negro y por ello no tengo que enfrentarme al racismo, pero mi verdadero dilema es: ¿cómo definirme estando en el intersticio racial si en apariencia parezco pertenecer a “un solo lado”?, ese estar en el entre o en medio de la grieta ha creado el dilema por la identidad, el afán por encontrar un lugar de enunciación y un modo de autoreconocimiento. Autoreconocerme como afro me ha sido negado porque mi color de piel no es negro, porque una blanquita no puede ser afro, pero ¿dónde quedan mis raíces negras?, en el silenciamiento absorbente. 

Tal vez podría enunciarme como me lo sugirió la profesora Mara Viveros: como una pluralidad ancestral. Hasta el momento entiendo la pluralidad ancestral como el entrecruzamiento de diferentes raíces culturales y raciales que confluyen en una persona y la constituyen como resultado de la mezcla que se deriva de dicho entrecruzamiento. En este caso, el lugar de enunciación no está centrado en un solo punto, sino en esos dos puntos que se entretejieron, específicamente en el lugar que brota de ese entretejido, es decir, en el intersticio racial. Por ahora, creo que el intersticio racial es un modo de expresión de lo afro, pero en este instante solamente puede decir estoy en el proceso de exploración de lo que significa el intersticio racial y de estar ubicada en este, así como lo que significa la pluralidad ancestral. El camino está abierto y con muchos tramos por explorar.  


[1] Filósofa, Universidad del Atlántico. Magíster en Filosofía. Joven Investigadora, Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. Docente universitaria.