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Fotografía: Efe + Dejusticia. 

 

 

Por: María Obezo

Las mujeres afrocolombianas, generalmente la columna vertebral en la economía de sus comunidades, son las más afectadas por el fenómeno de exclusión social que trasciende de generación en generación. Al contar con menos oportunidades de acceso a educación superior de calidad, las mujeres negras se enfrentan a una alta tasa de desempleo y tienen menos posibilidades de acceder a un trabajo en condiciones dignas que el resto de la población.

Las mujeres afro sufren una triple discriminación en el mercado laboral que les restringe la posibilidad de acceder a fuentes de trabajo formal. El 75 % de las ocupadas están empleadas en sectores de servicios, comercio, restaurantes y hoteles, ganando en promedio un 27 % menos que los hombres (Dewin Pérez, 2018). Así por ejemplo, las mujeres del Palenque de San Basilio se vienen desempeñando como vendedoras de frutas, dulces, y víveres en el departamento de Bolívar y en la misma ciudad de Cartagena (Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad – UNESCO, 1984).

En muchas ocasiones, somos reducidas a caricaturas que solo existen en espacios de miseria. Lo anterior consecuencia del olvido histórico por parte de las instituciones del poder público que ha invisibilizado a nuestras comunidades desde la época de la colonia. Dicha exclusión también se manifiesta abiertamente mediante restricciones de ingreso a espacios considerados no aptos para personas racializadas.

En Cartagena, las mujeres palenqueras son reconocidas como vendedoras de frutas, víveres y dulces con atuendos coloridos que prestan servicios en los diferentes sitios turísticos. Esta representación de la mujer palenquera se ha vuelto parte de la iconografía turística de la ciudad y de la representación en afiches y postales usados en eventos y ferias nacionales e internacionales.

Irónicamente también, esas mismas mujeres negras trabajan en el Centro Histórico, enfrentan diariamente actos de discriminación racial, y a menudo son objeto de acoso, humillaciones y burlas por miembros de las fuerzas del Estado y las autoridades locales. Sumado a lo anterior, las mujeres palenqueras vendedoras de frutas, víveres y dulces no cuentan con un lugar para protegerse del sol o la lluvia, no tienen acceso a servicios sanitarios ni a seguridad social.

La estrecha relación entre educación de calidad y movilidad social es innegable. La falta de oportunidades y una deficiente calidad educativa se traduce en menos movilidad social, una inserción desigual en el mercado laboral y finalmente, en menos bienestar. ¿Cuáles serían las condiciones de desarrollo personal o profesional de miles de mujeres negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras de haber tenido igual acceso a las oportunidades que el resto de la población?

Es indiscutible que con la Constitución de 1991 y la expedición de la Ley 70 de 1993 o Ley de Comunidades Negras, se reconocieron ciertos derechos de los pueblos afro descendientes, incluida la necesidad de fomentar el desarrollo económico en igualdad de condiciones con el resto de la población. A partir de 1997, el Estado colombiano presentó una serie de diagnósticos, documentos estratégicos indicadores de proceso programas orientados hacia el fortalecimiento institucional y la participación de la población afrocolombiana.

Sin embargo, a pesar de su amplio desarrollo formal, la Ley 70 no ha sido efectiva en la puesta en marcha de acciones concretas. Las mínimas medidas adoptadas, no han sido aptas para garantizar la educación de calidad para todos.

Si bien es cierto que los índices de alfabetización han disminuido, las comunidades afrocolombianas siguen registrando los más altos índices de deserción académica: estamos sobrerrepresentados en la proporción de la población que solo cursa la primaria o la secundaria. La situación más preocupante se asocia con la educación superior y posterior desarrollo profesional, en la cual se denota un mayor rezago: de cada 100 niños afrocolombianos que inician la educación básica sólo tres se gradúan de la universidad. En promedio un afrocolombiano estudia 2.2 años menos que el resto de la población: mientras una persona afro logra culminar una técnica profesional, la persona blanco-mestiza culmina un ciclo profesional.

Las mujeres palenqueras en Cartagena como parte activa de la cotidianidad de la ciudad, están dentro del grupo de personas que son marginadas, discriminadas, estereotipadas y excluidas por esta sociedad. Perseguidas, acosadas y ultrajadas por agentes del Estado por ejercer los empleos informales a los que nos vemos reducidas.

La falta de acceso a la educación superior de calidad limita la competitividad y potencia la inequidad. El reto en Colombia está en la ampliación del acceso de la población afrodescendiente a la formación universitaria, especialmente en el caso de las mujeres negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras. El problema es que la actitud de los gobiernos locales va encaminado a garantizar el derecho a la educación en su mínima expresión: en el que pareciese que mientras exista acceso a la educación primaria y media académica, están cumpliendo con su labor.

Nada puede estar más lejos de la realidad. La educación primaria y media académica colombiana no va a ser suficiente para propiciar un cambio profundo y generar movilidad social. El tema parece recurrente pero es necesario mantenerlo sobre la mesa. Mientras siga siendo una realidad, se debe seguir hablando de ello. La persona negra no es pobre porque quiere y las causas de los altos índices de pobreza en las comunidades afrodescendientes en Colombia sí están directamente relacionadas con la marginalización sufrida desde la época de la colonia.

El deseo de mejorar las condiciones de vida es intrínseco al ser humano. Desafortunadamente, las oportunidades que tienen los afrocolombianos de acceder a la educación superior no son las mismas que tiene cualquier otro joven por factores económicos, sociales y culturales. Nadie aprende con el estómago vacío, sin apoyo familiar o comunitario, y en época de pandemia, sin acceso a internet.

La persistencia de prejuicios raciales en el resto de la población refleja un desconocimiento total de la realidad de los colectivos afrodescendientes, donde incluso los afrocolombianos con niveles semejantes de capital humano, obtienen, de forma sistemática, peores resultados que los no afrocolombianos. La educación representa un eje que toda política pública orientada hacia la equidad debería priorizar, particularmente una equidad en la educación que aborde las desigualdades estructurales que afectan a la población afrocolombiana, especialmente a las mujeres negras, raizales y palenqueras.

En todo caso, es necesario elevar la calidad de la educación de niños y jóvenes afrodescendientes, y reforzar la educación de base para que así quienes tienen la oportunidad de ingresar a la educación superior no lleguen con una brecha conceptual amplia que no les permite ser competitivos, o rendir al mismo nivel que sus compañeros. Por otra parte, el reto está en la ampliación del acceso de la población afrodescendiente a la formación universitaria, especialmente en el caso de las mujeres afrodescendientes.

El déficit de inclusión e igualdad educativa debe ser enfrentado con acciones a lo largo del ciclo de formación académica. Adicionalmente, el reto está en la ampliación del acceso de la población afrodescendiente a la formación universitaria, especialmente en el caso de las mujeres afrodescendientes. El déficit de inclusión e igualdad educativa debe ser enfrentado con acciones afirmativas a lo largo de la formación académica.

La discriminación racial se expresa en forma de exclusión, y el sistema educativo tiene la capacidad de potenciar o reducir la reproducción de desigualdades. Sin lugar a dudas, la condición étnico-racial y el género determinan las profundas desigualdades que enfrentan las mujeres afrocolombianas, palanqueras y raizales.
Es hora de que, como sociedad, decidamos el rumbo de la construcción de una equidad real colombiana. Ya basta de repetir como loros que el negro es pobre porque quiere. La pobreza no es una condición mental de las personas negras. Es el reflejo de la negación del Estado y de las personas de reconocer la existencia del racismo y las desigualdades raciales.